La Niebla      
Señal      
I          

Tengo la boca ardida de palabras.
De sonidos,
de voces ahogadas.
La terca dulcedumbre de la espera
por mis labios resbala
y en mis hombros anida y se recoge
la forma inesperada de tus manos.
De qué me sirve este latido inútil
y esta artera presencia de la sangre
y este saber de tí, sin presentirte.
De qué me sirve, nada,
si estoy entre la niebla. Y soy la niebla  
por donde asoma -púrpura inviolada-
este exacto recuerdo del futuro,
esa tenaz memoria en la distancia.

II          

Si todo habrá de ser como está escrito
¿por qué la espera terca y dilatada?
Algo de ti me aguarda, gravemente.
Algo de mí se escapa
como una inmensa flecha estremecida
a clavarse en tu entraña.
Estás. Y no lo sabes.
Presagiado clamor, señal lejana,
lacerado horizonte, mar, arena,
espejismo que avanza.
Ah, no quiero dejar que nuevamente
la ensombrecida brasa
se vaya circundando, poco a poco,
de cenizas amargas.
Y no quiero el sabor de la ceniza
en mi boca, mañana.
Ya no más, no más grises: ni neblina
ni llovizna ni bruma desolada.
Quiero amarte en el sol, ahora, siempre.
Quiero volver al fuego. Ser la llama.




Alberto Aranda

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