Gris      

La lluvia se desplaza sobre el mundo
como un mundo distinto que se ignora.
Es el descubrimiento inesperado
de lo que estuvo siempre, en toda forma,
oculto bajo el sol y el mediodía.
Es sólo una presencia silenciosa
apenas gris, apenas triste, apenas...
Y nadie sabe cómo brota ahora
mi antiguo corazón bajo la lluvia.
Hay que nombrar de nuevo cada cosa:
hasta los seres tienen otro nombre
bajo la niebla que los aprisiona.
Y sobre la ciudad desconocida,
no sé si llueve el corazón, o llora.

Bruma      

Sabrás alguna vez -yo me pregunto-
esta enconada espera,
es esta ciudad grave de neblina,
de fantasmas, de imágenes, de pena,
donde la tarde se disuelve en humo,
sin la fiebre del sol contra la tierra.
En esta soledad desconocida
que es la falta de ti: soledad nueva.
¿En tu país de oro, comprenderás
mi vida entre la niebla,
mis manos sumergiéndose en la bruma?
Y la llovizna inseparable y quieta.

Lluvia      
Entonces, el amor llegaba siempre
al tiempo de la lluvia.
Así vino otra vez: agua llovida
recogida en las manos,
agua clara
sobre la sed oscura.
Y las gotas caían, resbalando
sobre la piel nublada, verdecida,
sobre el alma lavada.
Y yo quedaba en medio de la tarde,
vestido con la lluvia.


Agua clara en la tarde;
y de pronto, agua turbia:
fangal hirviente en borbotones tercos,
lodazal adherido a los tobillos,
ciénaga para hundirse sin remedio.
Y era en vano correr bajo la lluvia:
ahora, no lavaba.
Por las manos alzadas, descendía
indetenible el légamo viscoso
y hervían más los pardos borbollones
y el cieno iba subiendo como un grito,
como una lerda injuria.


Toda la lluvia de la tierra, toda,
no podría salvarme:
sobre mi piel, se torna todo el agua.
No arcilla fértil sino tierra impura.
Quiero lavar mi vida de su vida.
Mi sangre de su sangre,
mi barro de su barro.
Y es inútil buscar las tempestades
ni esperar en la lluvia.

He de llorarme tanto...
Y aquel amor que vino con la lluvia
se me irá de la vida, con el llanto.

Final      
Ya no haces daño. Eres el recuerdo
innúmero y lejano.
La distancia,
la sucesión de imágenes perdidas
y el indecible sueño recobrado.
Eras el huésped pavoroso y eras
el retornar a la pasión antigua:
la indecisa presencia entre la bruma,
todo el odio en la sangre embravecida,
el miedo de la víspera enlutada
y ese temor a despertar, de pronto,
arrojado de nuevo sobre el mundo
con el fantasma allí, contra mi rostro.
Ya no, ya no. No existes. Ya no existes.
Hay que decirlo así: como un martillo
sobre el hierro sangrante, como el agua
que cae gota a gota en los suplicios,
como el murmullo exacto de la espuma,
como el latido isócrono del mundo.
Ya no. Ya no: no existes ya. No existes.


Alberto Aranda

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