Indice principal del sitio Buscar en Kpe1.net Recomendar Kpe1.net a un amigo Ver el clima actual en ARGENTINA
Alberto "cape" Aranda ©www.Kpe1.net
Prohibido tocar
No existe forma de estar en el mundo que no sea palpándolo. El auge de la vida antibacteriana hace al ser humano cada vez más vulnerable. El virus, como Dios, está en todos lados, y es peligroso como el pensamiento, porque no se ve.

Una noche de cacerolazos, en diciembre de 2001, terminé descalza en los confines de Plaza de Mayo. Había sucedido una corrida con gases lacrimógenos, y una confusión de trotes y empujones me dejó de pie en una esquina, con los párpados hinchados y una sola ojota puesta. Esa noche era imposible conseguir un medio de transporte, y yo vivía en Almagro. La única forma de volver a casa consistía en caminar.

Fueron poco más de tres kilómetros. Treinta y tantas cuadras en las que recorrí la ciudad, exclusivamente –y aunque parezca una obviedad– con las plantas de los pies.

Pasaron desde entonces ocho años, pero todavía recuerdo los granos del asfalto, el calor de la brea, la unión irregular de las baldosas, los vidrios y las escupidas que tuve que saltar como en un asqueroso juego de obstáculos. Llegué a mi casa con los pies inmundos y con la intuición de que –para bien o para mal– nunca había sentido la ciudad tan mía como esa noche.

La suciedad era, simplemente, el resultado de una tortuosa relación de dos. Lo mismo pasa con el sexo. Con cada una de las veces en las que tocamos algo que no sea nuestro propio cuerpo.

No sé si existe forma de estar en el mundo que no sea palpándolo. Por eso días atrás, durante un viaje a Panamá, terminé de sentir lo que, intuyo, desde hace ya un tiempo venimos percibiendo muchos: que la vida –la posibilidad de intervenirla con el cuerpo– está quedando cada vez más lejos.

En el nombre de la gripe porcina, Ezeiza era el paraíso del gel antibacteriano y el aeropuerto de Panamá –un área clave de las conexiones en el continente americano– era directamente un quirófano (el mundo, es cierto, no funciona como un lugar de tránsito; pero estos espacios son a las taras sociales lo que Milán es a la moda: un avance de lo que vendrá, aun cuando lo que venga nunca sea tan excesivo).

En Panamá había guantes de látex, barbijos duros como escudos, madres en los baños engelando a sus hijos, pánico –horror, espanto– a la tos de los otros, y un particular esfuerzo por circular sin dejar rastros. Como si nunca nadie hubiera estado allí. Como si fuéramos sombras.

Nadie dice que protegerse esté mal. Todavía no hay forma de matar al virus y hay gente que se ha muerto en el camino. Pero si uno se subiera –aunque sea en parte– al cinismo de las estadísticas, podría decir que la gripe porcina “técnicamente” no existe –en tanto afecta hasta el momento a 7.500 personas, el 0,000125 por ciento de la población– y que está siendo más perjudicial para la neurosis que para el cuerpo.

Por eso –porque el miedo corre mucho más rápido que el virus– durante esas tardes de aeropuerto empecé a preguntarme cuánto estamos dispuestos a ceder en el nombre de la prevención. Si somos capaces de entregar, por ejemplo, el sentido del tacto.

El tacto es, entre todas, la facultad que más conecta a las personas con el universo en el que viven. Los ciegos leen con los dedos. Los bebés descubren con las manos. Los pediatras y los vendedores de jabón en polvo repiten que “ensuciarse (esto es, dejarse tocar por el entorno) hace bien”.

Y los hindúes comen sin cubiertos porque hacerlo con cuchillo y tenedor es –dicen– “como hacer el amor con un intérprete”.

De ahí que la llegada de los guantes y los geles obstruya no tanto la posibilidad de tocar (estrictamente, uno puede seguir haciéndolo y luego se enjuaga, como hacía Palito en la campaña; y como harán muchos en estos días proselitistas) sino de hacer con nuestras manos una coreografía despreocupada que tenga mucho menos que ver con el asco y más con la interacción, con las formas de hacer del mundo un lugar reconocible.

El auge de las vidas antibacterianas probablemente sea el comienzo de algo, no sé de qué. Quizás de un camino lento que nos va a ir dejando lejos, vulnerables (según los especialistas en salud, los geles no tienen mayor efecto que una normal lavada de manos, y encima debilitan el sistema inmune) y dispuestos a un dispendio irracional que nos permita comprar la ilusión de la pureza. En los mercados del mundo ya están trabajando en eso: salieron a la venta toallitas húmedas, jabones, tijeras, papel higiénico, ropa interior, bombitas de luz, lociones, cremas de mano, remeras, detergentes, lavandinas y aerosoles puestos para recordarnos que cualquier contacto con el mundo es reversible. Que el virus, casi como dios, puede estar en todas partes. Y que es especialmente peligroso porque no tiene límites y no se ve. Igual que el pensamiento.
09:04 - 18/05/2009
Por J. Licitra

Comentarios:
 
Enviar comentario o réplica
_______________________________________
Nota importante: Por razones de seguridad, cuando el usuario postee su opinión, no la verá inmediatamente publicada, ya que previamente será vista por un editor en kpe1.net, que no tocará ni una coma de ese comentario, sólo habilitará la publicación del mismo, salvo que este incluya ofensas hacia terceros, publicidad u ofertas específicas, contenido pornográfico o que ofenda la moral de los lectores.
Muchas gracias, Alberto Aranda
 
Enviar página a un amigo
Enviar comentarios
       
 Nombre y apellido (obligatorio) 
 

Le interesa recibir información sobre otros servicios?

SI NO
 Ciudad (obligatorio)
 

Le interesa seguir recibiendo Promociones
especiales?

SI   NO  
Provincia  
  Horario p/ contacto:
 País  
  Tema:
 E-mail (obligatorio) Comentarios:
 
.
Teléfono
.
pref -  teléfono
Anterior Siguiente