personas. Es cierre de campaña del justicialismo. Heminio Iglesias, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, enciende una corona y un ataúd con las siglas y los colores de la UCR y el nombre de Raúl Alfonsín. La violencia simbólica del gesto asusta a una sociedad que está saliendo de la dictadura y que justo en esos días está dándose por enterada de que en la Argentina hay 30 mil desaparecidos. Si el justicialismo tenía alguna posibilidad de ganar las elecciones, la dilapida en ese momento. Dos días después, Raúl Alfonsín es elegido presidente con el 52 por ciento de los votos.
La historia oficial dice la verdad a medias. Como siempre. Un cuarto de siglo después, el Departamento de Investigaciones Paranormales del Ministerio del Interior acaba de desclasificar sus archivos sobre aquel inquietante episodio.
Hipólito Yrigoyen aparecía poco en público. El tiempo que los políticos de hoy dedican a los actos partidarios o a la participación en programas de cable, Yrigoyen lo dedicaba a comunicarse con los muertos. La práctica del espiritísmo se trasladó de generación en generación entre los caudillos radicales. Alfonsín era -es, aunque ya no atraiga el fervor de las masas- un caudillo radical. Yrigoyen, en 1983, llevaba 50 años de muerto. Yrigoyen en vida, nunca había perdido una elección. El peronismo, hasta 1983, tampoco. La conclusión era clara: sólo Yrigoyen podía ayudar a Alfonsín a derrotar al peronismo. Y lo hizo. El 25 de octubre de 1983, en el viejo comité nacional de la UCR, en Alsina y Entre Ríos, Alfonsín invocó a Yrigoyen. Enrrique Nosiglia, el misterioso Coti, fue el médium. Vestido con la capa negra de los maestros en el contacto con el más allá, Alfonsín pidió hablar con Yrigoyen. Nosiglia incorporó una voz extraña, que no entendía la consulta. Por un error en la canalización, había aparecido don Bernardo de Yrigoyen. Nosiglia se desmayó. Descansaron un rato y empezaron de nuevo. Cuando el Peludo tomó posesión de Nosiglia y comenzó a hablar por boca del Coti, las paredes del viejo comité vibraron y Alfonsín estrecho sus dos manos en clara señal de satisfacción, como lo hacía durante su campaña electoral. "Dejá,elo a mí", dijo la voz cavernosa del invícto lider radical. Alfonsín le dijo que confiaba en él, como buen yrigoyenista, pero le pidió -por las dudas- que no interviniera para fusilar obreros como en los días de la semana Trágica. Yrigoyen, a través de la boca de Nosiglia, le dijo que se quedara tranquilo.
El 28 de octubre, por la mañana, Herminio Iglesias despertó con un fuerte dolorde cabeza. Como solía hacer en situaciones similares, tomó dos genioles con un baso de coca. La fórmula lo había sacado de apuros otras veces. Ahora lo arruinó. La coca era la bebida gaseosa que, según los peronistas, financiaba la campaña de Alfonsín. La coca era la bebida a través de la cual el espíritu de Hipólito Yrigoyen se hizo materia y penetró en el cuerpo del pobre Herminio. Una sucesión de ideas alocadas comenzó a circular por su cabecita negra. Hermino estaba exultante: no solía tener ideas, de pronto tenía muchas y no sabía con cual quedarse. Yrigoyen dictaba, Herminio se creía genial. Yrigoyen hablaba en el argot de Herminio. Usaba palabras como "jonca", "muchachos", "gorilas", y expresiones idiomáticas como "rompemos el culo". Hermino creía que la voz que escuchaba era la propia. Llamó al servicio de cotillón del partido justicialista. Encargó lo que todos sabemos que encargó. Cuando Italo Luder, el candidato presidencial peronista, lo vio montar su necrófila broma, creyó que era de mal gusto pero no quiso pelearse por semejante nimiedad: al fin y al cabo, el triunfo electoral estaba asegurado. Como futuro presidente, debía mantener una relación cordial con quien iba a ser el gobernador de la provincia de Buenos Aires.
12:16 p.m. 03/03/2009 |