Duerma ahora, recuerde después
Por el *Dr. Robert Stickgold y Peter Wehrwein
Se suele creer que el cerebro, como el cuerpo, descansa durante el sueño. Quizás, se piensa, el cerebro simplemente necesita dejar de pensar por algunas horas cada día. Error.
Durante el sueño, nuestro cerebro —el órgano que nos dicta dormir— es en sí mismo extraordinariamente activo. Y mucha de esa actividad ayuda al cerebro a aprender, recordar y hacer conexiones.
Hasta no hace mucho, el mal chiste entre los círculos de investigadores era que todos sabían que el sueño tenía algo que ver con la memoria, excepto la gente que estudiaba el sueño y la gente que estudiaba la memoria. Luego, en 1994, científicos israelíes informaron que el desempeño promedio de un grupo de personas en una prueba de memoria mejoraba cuando la prueba se repetía después de un descanso de muchas horas, durante el cual algunos sujetos durmieron y otros no lo hicieron. En 2000, un equipo de la Universidad de Harvard demostró que esta mejora ocurría sólo durante el sueño.
Hay varios tipos de memoria, incluyendo la declarativa (recuperable, información factual), la episódica (eventos de la vida personal) y la procedimental (cómo hacer algo). Los investigadores han diseñado maneras de probar el funcionamiento de cada uno de ellas. En casi todos los casos, ya sea que la prueba comprenda recordar pares de palabras, pulsar teclas numeradas en cierto orden o descifrar las reglas en un juego, “consultarlo con la almohada” después de aprender la tarea mejora el desempeño. Es como si nuestros cerebros se tomaran un tiempo de práctica extra mientras dormimos.
Esto no quiere decir que no podamos forjar recuerdos cuando estamos despiertos. Si alguien le dice su nombre, no necesita ponerse a dormir para recordarlo. Pero dormir hará más factible que lo haga. Los experimentos de privación del sueño muestran que un cerebro cansado tiene dificultades para captar recuerdos de cualquier tipo. Y lo más interesante: es más probable que la falta del sueño provoque que olvidemos información asociada con emociones positivas y no la vinculada con sensaciones negativas.
Esto podría explicar, al menos en parte, por qué no dormir bien puede ocasionar depresión en algunas personas: es más probable que los recuerdos manchados de emociones negativas se “peguen” a un cerebro privado de sueño que los positivos.
El sueño también parece ser el momento en que los dos sistemas de memoria del cerebro —el hipocampo y el neocórtex— “hablan” entre sí.
Las experiencias que se vuelven memorias se ubican primero en el hipocampo, y borran todo lo que esté debajo. Si un recuerdo va a retenerse, debe ser enviado desde el hipocampo al neocórtex, la arrugada capa exterior del cerebro donde se produce el pensamiento superior. Al contrario del hipocampo, el neocórtex es un maestro en entretejer lo viejo con lo nuevo. Y en parte porque mantiene la información entrante a raya, el sueño es el mejor momento para que el hipocampo, “sin distraerse”, transporte recuerdos al neocórtex, y para que el neocórtex los vincule con recuerdos relacionados.
Pero ¿cómo hace el sueño para ayudar a consolidar los recuerdos? Todavía es un misterio. Un estudio reciente de la Universidad de Lübeck, en Alemania, ofrece una pista. A los sujetos se les dio una lista de 46 pares de palabras para que los memorizaran, justamente antes de dormir. Poco después de que se durmieron, a medida que alcanzaban las etapas más profundas de sueño, les enviaron corrientes eléctricas a través de electrodos en sus cabezas para inducir ondas cerebrales muy lentas. Al azar en un grupo de sujetos, pero no en otro. A la mañana siguiente, el grupo expuesto a las ondas lentas había recordado mejor las palabras. Otros tipos de memoria, en cambio, no sufrieron cambios. Aún no se entiende por qué las ondas lentas produjeron ese efecto positivo sobre la memoria, pero se piensa que alteran las fuerzas de las conexiones químicas, o sinapsis, entre pares específicos de neuronas en el cerebro.
Los recuerdos se “almacenan” en estas sinapsis: cambiar la fuerza de la sinapsis aumenta la fuerza de los recuerdos. Pero no sólo la memoria se potencia con el sueño. Estudios recientes indican que dormir no sólo ayuda a almacenar hechos, sino también a hacer conexiones entre ellos. La historia científica está repleta de historias sobre científicos con experiencias nocturnas de “¡Eureka!”.
Dmitri Mendeléyev se despertó de un sueño que le dio la idea de la tabla periódica de elementos, un hito en la química. Esas anécdotas no demuestran que el sueño pueda producir perspicacia, pero un estudio reciente de Ullrich Wagner y sus colegas en Alemania parece sugerir un efecto en ese sentido. Wagner usó un rompecabezas en el que a jugadores se les daba una serie de números, y se les pedía que hicieran siete cálculos basados en esos números. El séptimo cálculo (que dependía de los seis anteriores) era la “respuesta”. Los participantes jugaron repetidamente el mismo juego con las mismas reglas, pero con series diferentes de números. Algunos jugadores lo hicieron en la mañana, luego hicieron otras cosas durante ocho horas, y después jugaron el juego otra vez. Otros jugaron primero en la noche, luego durmieron, y después lo jugaron al despertar.
Los que durmieron rindieron en cierta forma mejor; pero ése no fue el resultado importante. Ingeniosos, los investigadores estructuraron el juego para que el segundo cálculo siempre diera la misma respuesta que el séptimo cálculo, la respuesta final. Si los jugadores reconocían esta “regla oculta”, podían llegar a la respuesta final más rápido, y la velocidad era parte del juego. Los jugadores que durmieron tuvieron casi tres veces más probabilidades de tener la sagacidad de identificar la regla oculta, aun cuando a ninguno de los jugadores se le dijo que la había. Dormir les permitió unir los cabos sueltos.
¿Por qué esto es importante? Algunos investigadores del sueño creen que por cada dos horas que pasamos despiertos, el cerebro necesita una hora de sueño para descifrar qué significan todas estas experiencias, y que el sueño juega un papel crucial en construir el significado que tendrán nuestras vidas.
Las interrupciones en un proceso tan dependiente del sueño podrían contribuir al desarrollo de la depresión, y explicar por qué algunas personas que experimentan traumas horrendos llegan a desarrollar el trastorno de estrés postraumático.
Un mejor entendimiento de cómo el sueño entreteje nuestros recuerdos podría llevar a mejores tecnologías que optimicen el aprendizaje, la memoria y la creatividad, e incluso ayudar a tratar algunas enfermedades psiquiátricas.
Pero tal vez la razón más importante para estudiar el sueño sea, simplemente, que somos una especie curiosa. Pasamos alrededor de un tercio de nuestras vidas dormidos, y nos percatamos de cuán poco conocemos esa esfera tan importante de nuestra existencia. Así que seguimos experimentando, esperando entender mejor el sueño. Y tal vez algún día lo hagamos. Tras consultarlo con la almohada.
*Stickgold es profesor asociado de psiquiatría en la Escuela Médica de Harvard y del Centro Médico Beth Israel Deaconess. wehrwein es editor de la Harvard Health Letter.
08/06/2009 TEMAS DE SALUD ||| |