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Alberto "cape" Aranda ©www.Kpe1.net
ESCRITOS DE VIDA

TROMPO: JUGUETE UNIVERSAL DE LA NIÑEZ

~ Una lucha en el corazón ~ «...Cómo no creer en el cambio, por ejemplo, del país nuestro y Argentino, que en este 25 de Mayo empezó una nueva etapa de su historia...» ~ Todo cambia ~ Basta tener fe en ello o comprometerse en el cambio ~ Y sí ~ «Todo lo que escribimos lo hemos leído o escuchado antes alguna vez (Borges)» ~

Tercera parte

Nunca supimos a quién se le dio por ponerle un trompo en las manos al polaquito de la otra cuadra. Lo que sí sabemos - porque armó un jolgorio de la gran perra -, fue que amenazó con mostrar a todos como lo haría bailar de manera maestra. Y zumbar como si fuera un enjambre de abejas.
Ya al verlo liar la línea supimos que no tenía la menor idea de lo que hacía, lo que se conformaría cuando el bailarín de madera saliera despedido violentamente hacia la vidriera del almacén de don Juan como un proyectil de catapultas.
Conste que se salvó de partirse la cabeza por que se agachó - supuestamente para ver al trompo tocar el suelo - pero la vidriera rechinó primero como una queja y luego entró a caer de a pedacitos que se apilaron con un ruido que alcanzaba para tapar la risa de todos, menos del polaco que no tenía idea de cómo había hecho lo que hizo.
Para peor, quería recuperar el trompo. En eso estaba cuando don Juan le calzó el Mérito 43 acordonado en el centro mismo del conjunto cárneo conocido como nalgas, asentaderas o traser o traste, es decir, culo.
Don Juan era el principal vendedor de trompos del barrio, pero no comía vidrio así que le apretó un brazo al muchacho hasta que le dijo quién había sido el rompedor.
«El gallo grande lo rompió», dijo sin hesitar, sin rubor, sin vergüenza como en su casa.
El Gallo grande era un pibe de apellido Gallo, integrante de una familia numerosa y famosa por sus «travesuras» que iban desde colocar una hojita de afeitar en la cola del barrilete propio para cortar el hilo del ajeno hasta haber colgado de los pies durante dos horas a quien no le quiso pagar las diez bolitas lecheras que le ganaron en una apuesta.
Tenía el Gallo grande unos 17 años por lo que andaba más «travieso» que de costumbre. Un mediodía - se recuerda todavía en el barrio - llevaba ya una redada fabulosa de trompos arrebatados sin más trámite que acercarse a las troyas y gritar «¡Arrebatiña!» y arrojarse sobre los trompos llevándoselos a emprender luego veloz carrera mientras gritaba insultos a los «exdueños» de los juguetes.

Así que el viejo Juan no lo pensó más. Trepando a su bicicleta de reparto le gritó a su dependiente «¡cuida el negocio muchacho!» y salió hacia la cuadra donde los padres de los Gallo tenían su vivienda. Preguntó cordial y educadamente por él a la mamá que le respondió que el chico estaba en la plaza del barrio.
Allá fue el almacenero a cobrar la vidriera de la única manera posible. A sangre y palos, pedaleaba el gallego bajo el sol en el pesado rodado y mientras, pensaba formas de ultrajar al enemigo. Al perverso que lo había dejado sin vidriera. «Voy a golpearlo tanto - decía entre dientes- que ni su madre podrá identificarlo. Joder»
Acariciaba sus puños largando peligrosamente el manubrio de la bicicleta. «Voy a dejarle la cara como carne para albóndigas», alardeaba. «Creo - mascullaba-, que voy a matarlo, pero después de darle tal paliza que no servirá ni para repuesto de tontos. Es decir, lo mataré luego me lo llevaré a casa, lo embalsamaré y ocultándolo en el depósito de forrajes le seguiré pegando aún después de muerto».
Justo cuando llegaba a la plaza, don Juan frotó los puños tan fuerte que una piedra suelta hizo derrapar la bici y el gallego sumó otro motivo para seguir vituperando en nombre del Gallo grande toda vez que cayó, rodando entre la tierra suelta y deteniendo su caída junto a uno de los bancos de la plaza del barrio.
Una muchachita de guardapolvo blanco, peinada con trencitas se acercó a él y lo ayudó a levantarse diciendo «¿pero qué te pasa papá, qué te pasa?»
Don Juan quería contestar, pero la furia le había nublado los ojos de lágrimas de indignación. Entre la cortina acuosa el almacenero había visto al odiado criminal que buscaba, disparando como alma a la que lleva el diablo rumbo al horizonte más lejano.
La hija le sacudía el pantalón lleno de tierra y se fijaba si estaba lastimado. «¡No tengo nada!» decía el hombre y tenía razón, porque lo que iba a venir en minutos nada más, era mucho peor que una vidriera rota, que una mentira de un cobarde incapaz de asumir su culpa y entonces la caída, la bronca, la carrera en bici no eran nada. Que va. Menos que nada.
La chica lo ayudó a erguirse y caminar hasta el banco donde se sentaría hirviendo de coraje. La piba levantó la bicicleta y la acomodó contra un añoso eucalipto.
«¡Estás bien papá?», susurró. El gaita tenía el orgullo maltrecho y el espíritu escacharrado; le dolía la rodilla izquierda por la peladura que ligó al caer; se torció un tobillo al tratar de incorporarse; veía la bicicleta con el canasto de reparto torcido como si la bici avanzara en diagonal y encima, la ropa sucia por el revolcón.
Pero en su corazón sentía que se había entablado en un ventrículo una lucha entre el orgullo por sus vidrieras y el afecto inefable, el amor casi sobrenatural que profesaba por su niña («Ya tengo dieciséis papá, no soy tan niña») y en la aurícula derecha una duda cuyo título podría ser «¿Desde dónde huía el Gallo grande cuando él cayó de la bicicleta?» y subtitularse «¿Qué hace mi Carolina de guardapolvo en la plaza?».
El amor por la hija fue la guía de las ideas de don Juan que respondió «No tengo nada. Sólo un poco de bronca por la vidriera rota y otro poco por haber caído así y frente a ti».
Carolina se apresuró a preguntar por el vidrio roto. Que cómo, que quién, que cuándo, que por qué. Y sorprenderse «¿Qué con un trompo? ¡Qué bruto! ¿Qué el Gallo grande? ¡Que no! ¡Que no puede ser!»
Don Juan quiso saber por qué no podía ser y Carolina mirando una mata de hierba de pollo que florecía a sus pies, dijo temblando su voz y su cuerpo entero, «porque toda la mañana estuvo aquí conmigo papá».
¡Lo vieran al almacenero preguntando «Que cómo, que quién, que cuándo, que por qué»!
Sí, toda la mañana porque no tuvimos más que una hora de colegio, el resto libres. Desde las 9 estamos aquí los dos. El Gallo tenía la mejor coartada como para pregonarse inocente de la rotura. El polaco se deterioraba cada vez más en el concepto de don Juan. Pero ¿por qué con Carolina toda la mañana?
Pisando la matita rastrera Carolina abanicó las pestañas y arañó el corazón del hispano padre. Trago saliva gruesa y abrazándolo le dijo «Es... como mi novio pá...».
«Joder. Habérmelo dicho antes por Dios», dijo papá y le acarició las trenzas.
Cómo no creer en el cambio, por ejemplo, del país nuestro y Argentino, que en este 25 de Mayo empezó una nueva etapa de su historia, si desde entonces se podía jugar a las bolitas o al trompo o lo que fuera sin temblar al acercarse el Gallo grande. Y daba gusto verlo con la blanca chaquetilla de dependiente montado como un cosaco pecoso y cara de inocente ex pícaro en la bicicleta de reparto de don Juan, su patrón y futuro suegro.

FIN

Alberto cape Aranda
Posadas (Mnes
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