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Alberto "cape" Aranda ©www.Kpe1.net
ESCRITOS DE VIDA

TROMPO: JUGUETE UNIVERSAL DE LA NIÑEZ

~ El trompo de nuestra niñez permitía mostrar la habilidad que el abuelo exhibió con el mesitero y su nieto; dormir la peonza, hacerla zumbar en los primeros giros, levantarla con el hilo y tras hacer unas piruetas posarla en la mano propia o del amigo ~

Segunda parte

Pobre abuelo, aunque trató de disimular riéndose en la cara se le marcó una mueca digna del Programa Abuelos desesperados (uno igual que el de Jefe de familias o Madres solteras, pero que tiene que ver con la economía de los viejos que tratan de vivir con doscientos pesos mensuales, siete nietos, casa alquilada en la loma de los quinotos y achaques, tantos que hasta pueden hacer dulce con ellos), la risa se le hizo agria como la leche de antes que si no se hervía no servía al otro día.
Lo primero que le pasó por la mente, fue que esa inicial escaramuza, no era fruto de la confrontación generacional, sino de la resultante de un plan de inyección del idioma del país del Norte que ha comenzado con la comida (fast food), siguió con la informática (password), los juegos electrónicos (insert coin) y que no conformes con los éxitos logrados mediante los grandes embajadores de la incultura (la televisión e Internet), avanzan sobre juguetes, aún los más criollos y familiares.
De ahí que algunos avisos de aprendizaje de idiomas rápidos observen «se sorprenderá de saber cuanto de inglés sabe usted», en relación a lo que ósmosis neuronal o por bombardeo auditivo vamos incorporando a nuestro diario hablar.
Pero también el abuelo se dio cuenta, entrando a hilar fino, que el bley-bley no tiene (baila bien eso sí), incorporada a sus atractivos el de poder usarlo para jugar en grupos. Es para solitarios. Con ninguno de esos aparatos, tanto los comprados como los que se fabrican con las cabezas de los aerosoles, se pueden jugar a los púazos y vivir la emoción de estar en la troya con el recién comprado trompo de madera de algarrobo o de incienso, adquirido con las monedas de un vuelto «resbalado al bolsillo» o la propina por un mandado, esperando el golpe destructivo atizado por el grandote del barrio.
El trompo de nuestra niñez permitía mostrar la habilidad que el abuelo exhibió con el mesitero y su nieto; dormir la peonza, hacerla zumbar en los primeros giros, levantarla con el hilo y tras hacer unas piruetas posarla en la mano propia o del amigo.
¿Y cuando levantaba el trompo directamente en la mano desde el suelo? El cosquilleo de la púa en la tierna carne de la mano infantil era el premio primero de la proeza; a veces la gurisada aprobaba al malabarista con un aplauso.

Pero no todos los trompos eran de madera. No. Los había de hojalata pintada de bellos colores que al girar se entremezclaban formando dibujos como realizados con paciencia china. Pero eran Japoneses. Formaban parte del famoso trío de juguetes que anunciaban las páginas de Billiken: el jeep del soldado loco Joe, el monito «hombre orquesta» a cuerda que tocaba el bombo y platillos y castañuelas y... y el trompo que siempre baila.
Se los hacía funcionar con una especie de tornillo sin fin muy largo y que al apretarlo con fuerza hacia abajo producía los giros del trompo que además, silbaba mientras bailaba. Era el anhelo de muchos pibes. El abuelo recordaba cuanto esperó para Navidad ese trompo. Hasta que lo tuvo y entonces no se animó a llevarlo a la vereda para hacérselo ver a los pibes de la barra.
Más que admirarlo iban a sentirse tristes por no tenerlo. Entonces el padre del abuelo desarmó un viejo reloj que había detenido su tiempo y con cada ruedita del engranaje hizo un trompo; para hacerlos girar con el pulgar y el mayor, sobre la mesa, en el piso o donde raye.
El niño que era el abuelo de hoy se llenó los bolsillos de ansiosos bailarines de bronce; salió a la vereda y convocó «¡vengan a ver!» Y vinieron seis o siete, algunos más llegaron después; con cada ruedita entre los dedos de los chicos se armó un campeonato de «a ver cuál baila más» con más convocatoria de entusiastas asistentes que un «recital» de Mambrú.
Los chicos se juntaban a jugar, ahora con los alienantes juegos electrónicos, con los instrumentos de juego individual, se separan. Como Julio Migno, el poeta de la costa, lo cuenta con su poema

ROMANCILLO DE LOS TROMPITOS
De Julio Migno Nos entendimos con una mirada frente a la iglesia.
Créditos de fuertes púas lucían las palmas vueltas
para tirar dos canciones en lo firme de la tierra.

Caminito de la plaza, dos infancias y una espera
y el diálogo desafío sobre el rigor de la siesta,
«El que pierde, pierde el trompo»
«¡Y metéle!, como vos quieras!»

Y ya se visten de línea baolarines de madera,
para la danza del tiempo de duración y de espera
de una batatita alegre y un canilludo canela.

Armoniosos contendientes con rumores de colmena.
Uno cerquita del otro se duermen en la contienda.
Cuanta vorágine en danza, cuanto durar.
Cuatro flechas, las cuatro pupilas niñas, empujando la pelea.

Soplaba desesperado mi rival, rodilla en tierra,
como para darle bríos a su trompito canela
«¡No lo soplés que no vale!»
«¡Si es el viento que lo vuela!»

Y en torpe girar agónico, desmayándose sin fuerzas
en una 0 en despedida cayó dormido el canela.
«Me lo has ganao» escuché. Doble a muerte la sentencia
Volaron humedecidas sus avispitas morenas
No pude cerré la mano y me le arrimé tan cerca
que oí bailar el trompo rojo de su corazón en pena.

«Es tuyo, fue a la de balde que corrimos la carrera
levanta tu trompo y vamos a dar por ahí una güelta»,
y la dulce chinchibira selló la amistad costera
de un islero de mi pago y un aprendiz de poeta

¡Ah tiempos!
mi viejo trompo,
sin fuerzas garabatea,
pero se va combatiendo
¡como el trompito canela!

CONTINUA

Alberto cape Aranda
Posadas (Mnes
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