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Alberto "cape" Aranda ©www.Kpe1.net
ESCRITOS DE VIDA

TROMPO: JUGUETE UNIVERSAL DE LA NIÑEZ

~ Una vez el "matracón" dio un "panzazo" tan furibundo que se partió en dos, la púa como el cuchillo de un pendenciero muerto cayó a un costado de la mitad mayor y, entre las risas que sonaban a responso, el dueño levantó el cadáver seco de su peonza ~ ¡Qué buenos esos tiempos del trompo en las décadas del '50 - '70! ~

Primera parte

Caminando, que es bueno para el corazón, pero malo para el estómago -caminar produce apetito-, se llega a algunos ínfimos y bellos mercados de pulgas. Y siempre salta la pregunta ¿alguna vez alguien compró o intentó comprar una pulga en estos mercados?
Quién sabe pulgas, pero sí alguna lámpara que al frotarla no envía un genio sino un hermoso color cobre, viejo, antiguo o lo que sea siempre que halague la vista del comprador.
Curioseando se ha llegado a la mesa de un vendedor, como «de jugandito» y de pronto es el alzarse con un vaso extraño, dos cassettes de los Cantores del Alba auténticos (los dos: los cantores y los cassettes), un disco de pasta de alguien que cantaba «C'est la vie colour rose» (¿Cómo se llamaba?).
Un atardecer naranja, con el sol por Villa Cabello, salvando el cauce paranesero, en la venta al aire libre de «un mesitero» se encontró un abuelo de la década del '50, que se ha fascinado de repente por un trompo.
Sí, un trompo de madera de paraíso, con cabecita y púa de verdad.
-¿Cuánto vale?
-Con hilo, uno y cincuenta.
-¿Es garantido?
-¿Qué?
-Digo, si baila...
-Quién?
-¿Cómo quién? El trompo. ¿O cree que lo estoy sacando a bailar a usted? ¿Lo puedo probar?
El mesitero llama a su nieto. Lo invita (ordena sería el vocablo), que haga bailar el trompo. El cliente se opone. Quiere probarlo él. Hacer bailar esa peonza, ese juguete que al parecer ha vuelto a verse en las veredas otoñales en manos de gurises(01) y hasta gurisas(01). «Hay furor por esto», ha dicho el vendedor.
El cliente está firmemente decidido a comprar el trompo. En realidad desea entrañablemente adquirir ese universo de nostalgia que se encierra en el trocito de madera torneada en forma de cono que le recuerda a aquel amigo que lloró cuando le partieron el suyo, uno gordo y verde de madera de palo borracho. Es que el «matracón»(1), pesaba tanto que no bailaba nunca y era candidato firme y constante a la «troya»(2), un círculo en el piso de tierra donde se ponían los trompos que no bailaban para que los demás los agarraran a «puázos»(3), castigo a un juguete necio o a un dueño inhábil.

Una vez el «matracón» dio un «panzazo»(4), tan furibundo que se partió en dos, la púa como el cuchillo de un pendenciero muerto cayó a un costado de la mitad mayor y, entre las risas que sonaban a responso, el dueño levantó el cadáver seco de su peonza.

~ ¡Qué buenos esos tiempos del trompo en las décadas del '50 - '70! ~
Eran baratos y la línea se conseguía entre los útiles de pesca del viejo. Y un día apareció un habilidoso que fabricaba unos trompitos bailarines, que digo, «dormilones»(5) al mango, con las cabecitas de los palos de escoba, entonces de madera de paraíso; la parte superior de este trompo era un palito ajustado a presión en el cuerpo cónico, la púa un clavo puesto en el vértice inferior.
Y los regalaba. Tenía una pequeña carpintería y los chicos del barrio le decían San José. Y les enseñó a todos a hacerlos.
Ah, sí, el chico del mesitero le dice al abuelo cliente...
-Esto es algo difícil, abuelo...
-Probá vos entonces...
El gurí coloca el hilo, apunta al piso y con un golpe de mano arroja el trompo que rebota «de panza», salta, va a la calle y asusta a un perro adormilado en el asfalto.
Probá de nuevo...
Lo mismo. Esta vez el trompo ni siquiera sale del envoltorio del hilo. Parece un matambre desarmado y en vuelo hacia la cabeza del comedido. La línea ha quedado enredada y anudada.
El abuelo tiende la mano. Desenreda la línea, la arrolla prolijamente desde la cabeza a la púa del trompo, coloca la punta entre el meñique y el anular de la mano derecha y con un suave movimiento de látigo aterciopelado deja el cono de madera bailando en el suelo.
Zumbaba suavemente recordando la melodía de Che trompo arazá o la sofisticada versión de Tony Móttola «Mi trompo bailarín»(años '49/'50/'51). S e duerme erguido, paradito con tanto garbo que el muchachito exclama «¡Se durmió!»
Con cara de «viste mocoso, qué difícil puede ser para vos, pero yo soy un campeón», el abuelo se agacha con el cordel tomado de las dos puntas en una mano. «¡Humille, abuelo!» se dice, y apretando los dientes alza el trompo con el doblez del hilo. Lo coloca en la palma de su mano izquierda y aún se atreve a invitar al pibe, «¿querés tenerlo un poco?»
-Esta bien, lo compro.
Extiende dos monedas y toma la bolsita con trompo y línea, cuando llega a la casa, frente a sus nietos saca del bolsillo el juguete y la nieta mayor al verlo exclama... «¡Abuelo! ¿Te compraste un bley bley?»

(01) .- Niño/a, chico/a, pibe/a
(1) .- Trompo grande y pesado que no bailaba casi nunca. Estaba destinado a ponerse en el círculo de castigo o troya.
(2) .- Un círculo dibujado en el piso dentro del cual se colocaban los trompos que no bailaban o que al arrojarlos picaban fuera del sector.
(3) .- Golpes dados con la púa a los trompos de la troya. Tenían fuerza como para partir al «castigado».
(4) .- Cuando el trompo en vez de tocar tierra con la púa lo hace con un costado (panza).
(5) .- Dormir era sinónimo de bailar tan quieto y prolongado que parecía eso, dormir.

CONTINUA

Alberto cape Aranda
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